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miércoles, 24 de agosto de 2011

Fotografía

La fotografía siempre fue una de mis mayores aficiones; siempre que me mudaba de residencia tenía por costumbre plasmar en papel todas las partes de la casa. Yo sabía todo lo que tenía que saber de fotografía, como revelados, tipos de papel etc. Y disponía de todo lo necesario para su elaboración. Mi padre me enseñó el ofício desde pequeño, y cuando él murió, todo el material pasó a pertenecerme.
Mi casa disponía de un gran salón con cocina y un largo pasillo con cuatro habitaciones y dos cuartos de baño. Fotografiaba las habitaciones desde diferentes perspectivas. Un día me puse a fotografiar una de las habitaciones que quedaba al fondo del pasillo; un cuarto oscuro cuyas ventanas daban a un laberinto de calles que se desenmarañaba bajo un laberinto de estrellas. Tenía la impresión mientras miraba a través del objetivo de que me encontraba muy lejos de todo aquello, y lo que sucedía al otro lado de la cámara no guardaba relación alguna conmigo, aunque mi instinto me decía que acabaría afectandome profundamente. Creí ver unas figuras borrosas que lentamente iban ocupando aquel espacio, y mientras observaba aquella escena, tuve la sensación de que no era yo el espectador sino el objeto sobre el que se centraba la atención de docenas de ojos invisibles.
Cuando revelé las fotos aparecieron las caras: unas mostraban piedad, otras tristeza, maldad, angustia, dolor, horror; esto empezó a obsesionarme; no comía ni dormía, vigilaba mi territorio como un perro guardián.
Los veía por todas partes; a todas horas; usurpaban mi espacio y querían echarme de allí como se expulsa a un intruso, por eso cuando vacié aquel bidón de gasolina y prendí fuego a la casa, supe perfectamente lo que hacía; he pagado el coste de aquel acto con mi reclusión, pero los rostros que ví a través de las llamas ascendiendo y evaporandose con el humo, eran claros en sus expresiones y en los sentimientos que transmitían mudos hacia mí: yo les había liberado, y con mi acto: acababa de proporcionarles la paz que tanto añoraban.

lunes, 22 de agosto de 2011

La foto de la dama

Al ganar el Pulitzer como fotógrafo de guerra creyó que que había alcanzado su meta, ese estado de excelencia y reconocimiento profesional que le liberaban de cualquier presión para demostrar su talento. ¡Qué terrible error! Pasó a ser esclavo de su pretensión de demostrar que era digno ganador de tan alta distinción.

Una vez se ha captado -"magistralmente", según el jurado que le concedió el premio- la esencia de la tragedia de la guerra, quedan pocos hitos con los que superarse. Tuvo que buscarlos en los límites de la dureza física y psicológica. Se dedicó a recorrer ambientes de degradación social, buscar protagonistas de historias sórdidas y violentas, intimar con gentes tan repulsivas como peligrosas para su integridad física y mental, con tal de poder fotografiar algo que pudiese superar los impactos pasados.

Viendo la foto del miliciano de Capa supo lo que le faltaba: fotografiar la muerte. Quiso formar un libro con fotografías del momento preciso en que sus modelos expiraban. Recorrió hospitales, hospicios, más campos de batalla, barrios donde la ley vivía exiliada y el orden era el del más fuerte. Acumuló rostros angustiados, aterrorizados, encerrados en si mismos, pero la muerte, la esencia del último tránsito, le resultaba inalcanzable.

Le despertó la llamada de un confidente habitual. La vieja parecía ya en sus últimos estertores y el director de la residencia no había conseguido localizar a sus familiares, no habría problemas. Se vistió con lo primero que encontró y sin siquiera lavarse la cara partió deseando encontrar el rostro de la vieja dama antes que se escapase, otra vez.

Con una mano manejaba el volante y con la otra alternaba entre el cambio de marchas y la bolsa, donde comprobaba que contaba con todo el material. Estaba probando el flash cuando apareció el camión. El flash funcionaba bien, los frenos no. El impacto provocó un terremoto en su cuerpo, nada quedó en su mismo sitio. La cámara debió girar; algo, acaso su mano, apretó el obturador.

Su última foto fue la que culminó su proyecto. Al fin atrapó el rostro de la dama de negro.

domingo, 7 de agosto de 2011

EL REFLEJO

La mañana en que José despertó y abrió sus ojos, fue vivida por él como si solo una luna más hubiera pasado en su tiempo, sin percatarse del largo periodo que había permanecido dormido. Lentamente, mientras su pesado cuerpo adquiría escasos movimientos, pudo comprobar que se encontraba rodeado de batas blancas, quienes se mostraban alborotados por el milagro que estaban presenciando. Sus sentidos recobraban vida, observaba sus manos, se tocaba, hablaba, se oía, pero para él no era él. Oyendo las conversaciones, comprendió lo que había pasado. Y lo recordó todo, pareciéndole que apenas sucedió ayer.
Con el pasar de las horas el ambiente se apaciguó, la tarde llegó, y con ella algunas personas, dentro de las que estaba su madre, a quien no reconoció detrás del marchito rostro de aquella anciana mujer que lánguidamente se acercó para acariciarle con manos temblorosas. Al sentirla y oír su carrasposa voz, supo que era ella. Entonces, José preguntó por su padre. La mirada le cambió y bajando la cabeza con un visible pesar en su alma, le respondió:
- ¡Ha muerto mientras tu dormías!
En ese instante, fue inevitable que por su memoria trascurrieran todos los recuerdos que de él guardaba, y lo extrañó más que nunca. Su ausencia se empezó a sentir en el cuerpo a pesar de que había ocurrido hacía veinte años, y la pena dolió profundamente, quemándolo, sabiendo que había sufrido. -¡Qué no daría por haberlo visto una última vez! – Se dijo mientras padecía.
Su familia notó su dolor, y en un intento por mitigarlo, acercaron fotografías de sus últimos años, pero José solo encontró un hombre seco, viejo y arrugado al que no pudo contemplar como su padre.
El dolor continuó sin tregua durante el día y la noche, hasta la mañana siguiente, cuando después de ser afeitado, observó de frente un reflejo en el espejo, y al verlo, vio allí dibujada la que creyó era la viva imagen de su padre. Eran sus ojos, sus facciones y gestos los que se movían en el cristal que besó. Y le dijo:
- Allí estas, así te recuerdo. Yo no soy yo, pero ese eres tú.
HENRY PORRAS ANGARITA

viernes, 5 de agosto de 2011

L'Abocador.


En Manel es va despertar amb ressaca, els lladrucs de Sultà i la música de la ràdio destrossant-li les temples. Va intentar aixecar-se del sofà però va relliscar amb una de les ampolles escampades pel saló. En un segon intent va aconseguir mantenir-se en precari equilibri i cordar-se la llardosa granota.
Al obrir la porta va trobar-se amb el mateix decorat de sempre: muntanyes de cotxes desballestats rovellant-se a l'aire lliure, piles de pneumàtics vells i el tancat de filferro on el quisso esprimatxat bordava sense caure en el desànim.
—Calla d'una puta vegada —va cridar sense esma. Sultà va redoblar els lladrucs.
Frustrat, va optar per agafar la caixa d'eines i marxar el més lluny possible.
Caminava capcot, insensible al penetrant olor de benzina, oli de motor i àcid de bateria; el peculiar perfum del desguàs de l'autovia que Manel portava tatuat en la seva fosca ànima.

Va fixar-se en un Ford Fiesta vermell de cinc portes. Tant donava per on començar.
«1608 centímetres cúbics, 54 cavalls, motor dièsel, 1983 o 84», va dictaminar amb un cop d'ull.
Començava a desmuntar el volant de direcció quan va fixar-se en el sostre. Estava folrat amb antigues Polaroids que formaven un collage d'imatges color sèpia. Les va repassar encuriosit.
A totes les imatges apareixia la mateixa jove de somriure festiu abraçada amb altres noies.
Manel acariciava amb una mà greixosa una foto arrencada a l'atzar. Va recordar la nit en que ella va arribar a l'abocador demanant ajuda.
—He punxat una roda —va dir, amb aquell somriure innocent.

Manel va tornar sobre les seves passes. El sol ja declinava. Els lladrucs de Sultà el van acompanyar fins que va tancar la porta amb un cop sec. El gos es llançava rabiós sobre el filat.

«PAM!», la detonació a l'interior de la casa va fer callar l'animal. Sultà es va cargolar aclucant els ulls. Ja podia descansar.