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sábado, 3 de septiembre de 2011

Cerveza


Iba por mi segunda cerveza: abrí la nevera y cogí una lata, encendí un cigarrillo y aspiré una honda bocanada mientras trataba de obtener valor. Puedo decir con certeza que llevaba años sin disfrutar tanto de una cerveza y un cigarrillo, el olor a vida me llamaba, terminé mi cerveza y encendí otro cigarro mientras pensaba en lo que tenía que hacer; en la grave decisión que llevaba tiempo sopesando


El día había sido tranquilo; el trabajo no me había retenido hasta tarde como casi siempre y me pude permitir regresar a una hora relativamente temprana. La idea de llegar y encontrarla despierta nublaba mi mente y me llenaba de dicha; planeaba en mi cabeza una noche romántica con vino que acababa de comprar y placer; pensaba ingenuamente que con eso llenaría los vacíos que dejaba el trabajo entre nosotros.

Mi único escape a esa vida sin rumbo y a la vez con metas firmemente trazadas, era ella; llevaba años a su lado, el tiempo ya había hecho estragos en nuestros cuerpos y en nuestros corazones, pero aún así seguíamos juntos, la rutina se había apoderado de mí y a veces temía que esta vida que llevábamos ya no la hiciese feliz.

Por eso quería sorprenderla una fría noche de Martes. Caminé desde el trabajo hasta casa con paso apresurado y sin pararme en ningún establecimiento pese a las luces de los rótulos que me llamaban con voz tentadora. Cuando llegué, preferí no llamar al interfono; una vez arriba, giré la llave despacio, procurando no hacer ruido con la intención de darle una grata sorpresa. Adentro las luces estaban apagadas; caminé a tientas por el pasillo y fui abriendo despacio las puertas. Al principio me aturdí cuando escuché los tenues gemidos que provenían de la habitación; la puerta de mi cuarto, de nuestro cuarto, estaba medio abierta, pude distinguir sus espaldas asomando a través de las sábanas blancas; pude verla durante unos segundos gimiendo y retorciéndose sobre los miembros de aquel desconocido; las manos de él le acariciaban la espalda en la misma cama que compartía con ella. No soporté más la escena, retrocedí unos pasos y fui tambaleandome hasta la cocina.

Iba por mi cuarta cerveza; la casa donde viví tantos años con mis padres y con mi madre cuando mi padre murió y con ella hasta que murió tambien y los objetos, los retratos, los recuerdos, los muebles, los libros, mostraban el aspecto inocuo de tantos años de compañía pero parecian ajenos por completo a mi persona; mirando mi entorno, intentaba reconocerlo en aquellas lineas y contornos y en aquellas amalgamas de sombras, y no lograba ubicarme; permanecí allí sentado hasta que perdí la noción del tiempo mirando las manchas húmedas de la pared, como si todos aquellos espacios pertenecieran a un mundo ajeno y extraño; a un sueño plagado de visiones extrañas y de incongruencias.

Tiré mi ultima colilla humeante al interior de la lata vacia y empuñando el cuchillo que reposaba en el mármol de la cocina, me encaminé de nuevo hasta la habitación; esta vez no me importó hacer ruido: abrí completamente la puerta y los vi allí. Estaban abrazados como dos seres que se aman, abrazados como solíamos abrazarnos años atrás ella y yo. El ruido de la puerta al abrirse les hizo percatarse de mi presencia. Recuerdo muy bien su expresión de sorpresa; creo recordar que ella me miró a los ojos pero fue durante solo un segundo; recuerdo tanto su expresión de desconcierto y sorpresa como las últimas palabras entrecortadas que brotaron de su boca y que ahora me acompañan en las frías noches de esta celda húmeda. Todavía guardo su sonrisa guardada en el alma y su sangre seca en mi rostro. Ahora puedo decir que logré mi objetivo: finalmente pude sorprenderla una noche de Martes…


domingo, 24 de julio de 2011

Civismo, por favor

Apoyando los pies sobre un asiento, un hombre fumaba tranquilamente un cigarrillo. Primero una calada, luego se metía entre pecho y espalda un trago de cerveza bien fría, y luego otra calada. De tanto en tanto acariciaba la cabeza de su novia, de cabellos dorados.
Estaba en la gloria.
Dos señores uniformados se presentaron de golpe frente a él. Estaban absolutamente perplejos.
– Disculpe caballero. ¿Puede bajar los pies del asiento? – dijo el más alto de ellos.
El hombre dudó un momento y luego acató la orden.
– Supongo que sabe que está prohibido fumar aquí – prosiguió el alto.
– Y beber – añadió el bajito.
Pasaron unos segundos de silencio incómodo en los que el hombre se bebió la media birra que quedaba de un trago, para luego rematar el cigarro con dos caladas largas.
– Y por supuesto está prohibido practicar felaciones. Esto es un tren, no un prostíbulo. ¿No les da vergüenza?
Tras escuchar sus disculpas, los guardias se marcharon, sin disimular los comentarios jocosos sobre la escena. El hombre frunció el ceño, al tiempo que abría otra cerveza.
– Un día que llevo billete, ¡y no me lo piden!

miércoles, 20 de julio de 2011

Cervesa o lectura

La vaig veure arribar amb els ulls lluents i riallers, bellugant amb gràcia el seu cos juvenil mentre caminava cap a mi, lentament, amb la seva melena despenjant-se despreocupadament, emmarcant-li un somriure subtilment pervers, mentre mantenia una mà al darrera la seva esquena. De seguida vaig témer que podia haver acabat el meu temps per llegir tranquil.

-Vols una cervesa?- la seva veu anunciava que jugava amb mi.

No va esperar que contestés. Simplement va portar cap endavant la mà que amagava al seu darrera i va plantar una mitjana a sobre la taula, ja sense tap però coberta amb un condó de color plàtan.

-Tanca el llibre abans de desar-lo, no sigui que perdis el punt- Certament, la meva lectura havia acabat.

lunes, 18 de julio de 2011

El recargolat art del reciclatge.


—És ell mama, el que em va tocar —sangloto assenyalant l'ancià de barba i cabellera blanca que la policia s'enduu emmanillat entre els comentaris horroritzats dels veïns.
La mama m'estreny contra la falda tremolant de rabia continguda, els ulls ennuegats de llàgrimes, acariciant-me els embenats del cap, cames i braços.

L'havia conegut la mateixa tarda en que vam arribar a aquell llogaret costaner per estiuejar amb els pares. Un excèntric, deia la mama, un bohemi, deia el pare, no t'atansis deien els dos. De seguida ens vam fer amics. Vivia dalt del turó, en un antic vaixell de pesca apuntalat amb bigues. Creava escultures de dofins i sirenes amb ampolles.
—Si em portes ampolles buides et daré unes monedes per que juguis al futbolí amb els amics —em va dir.
Em passava el dia damunt l'atrotinada Derbi buscant envasos de cervesa (el color ambarí era l'únic que ell volia), i carregant-los en la caixa de fruita que duia lligada a la bicicleta. Baixava fins a la platja on recollia el preuat botí que abandonaven els alemanys borratxos després de les gresques nocturnes i travessava el poble de tornada, sota un sol esclafador.
—Avui no duc calés noiet, la propera setmana —va dir aquell dia, enduent-se les ampolles.
El següent cop que em va dir el mateix ja sabia el que faria. Em vaig llençar a tota velocitat per la pendent del turó amb la bicicleta. Sense frens.

Vaig despertar a l'hospital. Un policia molt receptiu es va empassar tot el que vaig explicar-li. Aquella mena d'històries adornades amb detalls escabrosos sempre els agraden. Ja m'havia funcionat abans.

De reüll guaito com l'introdueixen en el cotxe patrulla. Em torna la mirada, que passa de la perplexitat absoluta a una sobtada comprensió. Els meus ulls són espurnes de malicia. Sóc conscient de la seva por.
«vell xaruc, no tornaràs a entabanar-me»

domingo, 17 de julio de 2011

Cerveza de visitante

Y sí, claro, tuve que tomarme una, ¿qué iba a hacer? Se ponen ciegos, no paran. Se ríen, orinan, vomitan y hacen estupideces. Y esto no es, ni de lejos, lo peor. Están loquísimos, muy jodidos. Yo ya avisé, no vuelvo más a ese planeta, para la próxima misión que envíen a otro.