lunes, 19 de septiembre de 2011

Rocco

-Yo lo he visto con mis propios ojos; estaba aquí; en este preciso lugar mientras Rocco vaciaba la sangre de sus víctimas y lo hizo sobre esta misma lápida; las tumbaba aquí y desgarrándolas con sus propias manos, devoraba sus entrañas y bebía su sangre hasta saciarse. Cuando se transforma no es humano y tiene una fuerza sobrenatural; sus manos son grandes como garras, sus dientes largos y afilados y una gruesa mata de pelo recorre todo su cuerpo.

Hizo una pausa para tomar aire; parecía raptado por la emocíón que desprendían sus propias palabras; el joven hablaba con los ojos perdidos; ausente de su entorno y de los tres espectadores escépticos que le habían acompañado durante el trayecto; su mente parecía albergar un solo pensamiento: revivir la experiencia que estaba narrando hasta el mínimo detalle:
-El siempre escoge este lugar por que es el más apartado y solitario; lleva a sus víctimas hasta aquí y las deguella con sus propias manos para beber su sangre; luego las destroza y se las come…
-No es que desconfiemos de su testimonio: le interrumpió uno de los hombres-Pero viéndole describir la escena con tanto detalle: me ha venido a la cabeza una idea: debía encontrarse usted muy cerca de este lugar mientras ocurrían los hechos, de ser así: ¿Cómo pudo presenciar tal horrible escena sin ser visto?
El joven contuvo el aire y permaneció unos segundos en silencio antes de responder:
-Por que mientras está Rocco no estoy yo…
-Disculpe una vez más mi atrevimiento pero todo esto no me cuadra: ¿Podría aclararnos quien es ese tal Rocco?
.Pronto lo sabrán…
La luna arrojaba su tenue resplandor a través de las nubes como si fuese una invitada no deseada cuya presencia profanara la santidad de la noche; un fantasmagórico mar de niebla envolvía el cementerio con la suavidad de un manto grís de terciopelo y flotando tras las nubes: una luna redonda y pálida parecía mirar desde lo alto del cielo.

martes, 13 de septiembre de 2011

Pels Serveis Prestats


Els companys li havien fet el millor regal en l'últim dia de feina. Després de molts anys lliuraria una carta que no seria del banc, ni factures, ni publicitat, cap catàleg de mobles nòrdics, ni premi sorpresa d'un concurs inexistent.
A l'interior de la cartera de pell llustrada només duia una carta que esperava ser entregada. L'Hipòlit estava joiós, pujava els costeruts carrers de Vallcarca amb la mateixa empenta de trenta anys enrere. Una suau fragància a liles emanava d'aquell sobre.
«Secrets d'enamorats», es va dir.

Per l'Hipòlit el seu treball era un deure sagrat. El correu electrònic i les xarxes socials havien acabat amb la seva il·lusió, però aquella carta ho podia canviar tot de nou.
«En la meva joventut, quan enviaven una carta pel matí, el remitent n'esperava resposta aquella mateixa tarda», deia sempre l'avi.
L'Hipòlit no havia conegut aquells temps gloriosos, però des de petit havia desitjat convertir-se en carter, portar a bon port aquells petits sobres que amagaven tantes passions.

Va enfilar l'últim carrer fins el número indicat. Una antiga casa de dues plantes encabida entre edificis desgavellats. Semblava abandonada. Va empènyer la tanca del jardí ple de matolls. La porta principal era oberta. L'Hipòlit tremolava d'excitació. Qui el sortiria a rebre?

La bellesa de la dama el va ennuegar. Era ella, la que havia vist tantes vegades en el seus somnis. La mateixa Mort sortia a rebre'l. L'Hipòlit va somriure agraït, va posar la carta en aquella mà delicada i es va desplomar, fulminat.

Els seu companys el van acomiadar tres dies més tard en el cementiri de Collserola.
—Un atac. No va patir. El seu rostre era tot felicitat— es deien els uns als altres amb gest compungit.




Incondicionalment


—Iaio! Què has fet?
La Mercè va deixar caure el gibrell de la roba, dirigint-se cap el sofà, on seia l'avi Pau. L'ancià es cobria la boca amb un drap ensangonat al temps que assenyalava la taula del menjador. La Mercè, neguitosa però menys espantada, s'hi atansà.
Sobre l'hule de ganxet hi havia un mocador tacat, nuat com un farcell, i un paper curosament doblegat al costat. La Mercè no gosava llegir el paper ni obrir el paquet, però l'avi Pau, gesticulant, l'atià a fer-ho. Per fi es va decidir a començar la lectura d'aquelles poques ratlles de cal·ligrafia tremolosa, que intuïa, serien les més dures que hauria de llegir en la seva vida.

«Estimada nena, els teus fills i tu, sou l'única cosa bona que em queda en aquest món. Em vau acollir quan ningú em volia, sóc una càrrega encara que ho neguis. No tinc res per deixar-vos el dia que em mori. Són temps difícils i els diners de l'ajut social no arriben. L'altre dia ho vaig veure pel noticiari, paguen molt bé per qualsevol objecte d'or. A mi poc servei em fan, els meus budells admeten poca cosa més que les sopes de pa. No et faci angunia, amb el que et donin potser arribem a fi de mes. Us estimo molt».

La Mercè va deixar caure el paper, llençant-se als genolls del seu avi, com tantes vegades havia fet de petita quan buscava el seu cònsol.
—Iaio, iaio— sanglotava.
L'home que havia viscut les misèries de dues guerres i que sabia què era passar gana, acaronà els cabells més blancs que daurats d'aquella dona forta, capaç de tirar endavant la família sense una sola queixa.
Hagués volgut dir-li que tot s'arreglaria. Tampoc calia.




lunes, 12 de septiembre de 2011

Tiempo

Un reloj se había adelantado varias horas con respecto a todos los demás. Era el de un hombre que deambulaba errático por calles desiertas, almorzando en restaurantes vacíos y llegando a citas en donde nadie lo esperaba. Podría haber atrasado su reloj y todo hubiese vuelto a la normalidad, pero no lo hizo, por eso fue un incomprendido. Y así fue como tuvo un entierro intimo, ya que nadie supo que había muerto. Sólo con el transcurso del tiempo la gente supo de su fallecimiento, y luego más tarde fueron esos mismos desconocidos quienes conocieron sus actos por la estela que había dejado aquel extraño ser adelantado a su tiempo.

martes, 6 de septiembre de 2011

Oro número doce

El prepotente amo, orgulloso, se encuentra sentado a la sombra de una ceiba frente a su casa contemplando el amplio territorio que gobierna. Hace un gesto casi imperceptible, ante lo cual un negro y efebo esclavo se acerca, le entrega una pequeña caja de madera al tiempo que da un gran escupitajo sobre la arena. Déspotamente le dice:
- Llévaselo al compadre. Le dices que le envío una docena. Y por tu bien, no tardes.
No había terminado el amo de ordenar y ya estaba el mulato corriendo a pies descalzos y pantalón corto raído sobre el empolvado camino, mientras ágilmente esquivaba obstáculos para acortar distancia.
A mitad de la travesía, el mulato tropieza violentamente con una piedra, la pequeña caja se desprende de sus manos, vuela por los aires hasta caer bruscamente sobre el suelo lo que hace que ésta se abra y esparza su contenido sobre el camino de arena
Magullado y algo aturdido por el gran golpe, se levanta con dificultad, y asombrado observa frente a si varias pepitas amarillas que brillaban agradablemente bajo la luz del sol. Ansiosamente preocupado se pone de rodillas, rastrea meticulosamente el lugar y empieza a recogerlas poniéndolas nuevamente dentro de la pequeña caja, mientras va contándolas una por una: una, dos, tres, cuatro, seis, siete, ocho, nueve, diez, once, doce….trece. ¡Trece! -Se repite a si mismo- Realiza varias veces el mismo conteo y al final nuevamente ¡Trece!
Cayendo en cuenta que su amo se ha equivocado, feliz, toma una de las pepitas, la guarda en el bolsillo de su pantalón y sin perder más tiempo emprende nuevamente la carrera. Al llegar, encuentra al obeso hombre semidesnudo, recostado en una hamaca del solar de la casa, junto a su mujer, quien está distraída tras sus quevedos intentando tejer una lana.
- Mi amo le envía esta caja y le manda decir a usted que le envía una docena.- Grita el mulato al llegar.
El compadre se pone en pie, se acerca al muchacho y se percata de lo lacerada que está la caja.
-¿Has abierto la caja?- La pregunta inquisitivamente.
- No mi señor- miente tajantemente el mulato.
Se dirige hacia donde esta su esposa con precaución de no ser oído para decirle en un susurro: -¡Mujer!, ¿cuanto es una docena?- Ella con desgana mira hacia el horizonte, se detiene durante unos segundos y vuelve a concentrarse en su tejido.
El compadre refunfuña por la indeferencia y abre la caja ante los ojos saltones del mulato. De una manera bastante torpe empieza a contar las pepitas de oro que van pasando de la caja a su mano: - Una…, dos…, cuat…- Se detiene, niega con su cabeza y vuelve a empezar: una…, dos…, tres…, cuatro…, cinco…
-¡Cinco! ¡Cinco!- No conté el cinco- Se reprime en su cabeza el mulato. El miedo lo aborda y sus piernas empiezan a temblar descontroladamente.
- Siete, seis… no, no…– Corrige el compadre- seis…, siete…, ocho…,
Con cada número que avanza, el mulato se angustia más y más, sabiendo que será severamente castigado por la falta cometida. Así que discretamente se aleja del lugar para iniciar la escapada.
-Nueve, diez….- Cavila un instante, e indeciso se detiene sin pasar la pepita a la otra mano- diez…diez… diez…
- ¡Doce!- Dice inesperadamente su mujer sin dejar de mirar el tejido.
El mulato, al oir lo que ha dicho la mujer detiene en súbito la fuga. Un aire fresco pasa por su cuerpo.
- ¿Segura mujer?- Le refuta el compadre.
- ¡Segurísima!- Responde.
El compadre, con gesto de aprobación toma las pepitas y empieza a dejarlas caer en un recipiente transparente que se encuentra sobre la mesa a medio llenar de más pepitas doradas. Bruscamente interrumpe su proceder y varias pepitas caen al suelo cuando oye a su mujer repetir:
- Doce unidades tiene una docena. ¡Si señor, segurísima, doce!

sábado, 3 de septiembre de 2011

Cerveza


Iba por mi segunda cerveza: abrí la nevera y cogí una lata, encendí un cigarrillo y aspiré una honda bocanada mientras trataba de obtener valor. Puedo decir con certeza que llevaba años sin disfrutar tanto de una cerveza y un cigarrillo, el olor a vida me llamaba, terminé mi cerveza y encendí otro cigarro mientras pensaba en lo que tenía que hacer; en la grave decisión que llevaba tiempo sopesando


El día había sido tranquilo; el trabajo no me había retenido hasta tarde como casi siempre y me pude permitir regresar a una hora relativamente temprana. La idea de llegar y encontrarla despierta nublaba mi mente y me llenaba de dicha; planeaba en mi cabeza una noche romántica con vino que acababa de comprar y placer; pensaba ingenuamente que con eso llenaría los vacíos que dejaba el trabajo entre nosotros.

Mi único escape a esa vida sin rumbo y a la vez con metas firmemente trazadas, era ella; llevaba años a su lado, el tiempo ya había hecho estragos en nuestros cuerpos y en nuestros corazones, pero aún así seguíamos juntos, la rutina se había apoderado de mí y a veces temía que esta vida que llevábamos ya no la hiciese feliz.

Por eso quería sorprenderla una fría noche de Martes. Caminé desde el trabajo hasta casa con paso apresurado y sin pararme en ningún establecimiento pese a las luces de los rótulos que me llamaban con voz tentadora. Cuando llegué, preferí no llamar al interfono; una vez arriba, giré la llave despacio, procurando no hacer ruido con la intención de darle una grata sorpresa. Adentro las luces estaban apagadas; caminé a tientas por el pasillo y fui abriendo despacio las puertas. Al principio me aturdí cuando escuché los tenues gemidos que provenían de la habitación; la puerta de mi cuarto, de nuestro cuarto, estaba medio abierta, pude distinguir sus espaldas asomando a través de las sábanas blancas; pude verla durante unos segundos gimiendo y retorciéndose sobre los miembros de aquel desconocido; las manos de él le acariciaban la espalda en la misma cama que compartía con ella. No soporté más la escena, retrocedí unos pasos y fui tambaleandome hasta la cocina.

Iba por mi cuarta cerveza; la casa donde viví tantos años con mis padres y con mi madre cuando mi padre murió y con ella hasta que murió tambien y los objetos, los retratos, los recuerdos, los muebles, los libros, mostraban el aspecto inocuo de tantos años de compañía pero parecian ajenos por completo a mi persona; mirando mi entorno, intentaba reconocerlo en aquellas lineas y contornos y en aquellas amalgamas de sombras, y no lograba ubicarme; permanecí allí sentado hasta que perdí la noción del tiempo mirando las manchas húmedas de la pared, como si todos aquellos espacios pertenecieran a un mundo ajeno y extraño; a un sueño plagado de visiones extrañas y de incongruencias.

Tiré mi ultima colilla humeante al interior de la lata vacia y empuñando el cuchillo que reposaba en el mármol de la cocina, me encaminé de nuevo hasta la habitación; esta vez no me importó hacer ruido: abrí completamente la puerta y los vi allí. Estaban abrazados como dos seres que se aman, abrazados como solíamos abrazarnos años atrás ella y yo. El ruido de la puerta al abrirse les hizo percatarse de mi presencia. Recuerdo muy bien su expresión de sorpresa; creo recordar que ella me miró a los ojos pero fue durante solo un segundo; recuerdo tanto su expresión de desconcierto y sorpresa como las últimas palabras entrecortadas que brotaron de su boca y que ahora me acompañan en las frías noches de esta celda húmeda. Todavía guardo su sonrisa guardada en el alma y su sangre seca en mi rostro. Ahora puedo decir que logré mi objetivo: finalmente pude sorprenderla una noche de Martes…


miércoles, 31 de agosto de 2011

Zona de embarque

Una vez pasado el quinto control, reinaba la calma en la zona de embarque, y ya no hacía falta llevar el billete bien guardado, escondido. Se podía llevar tranquilamente en el bolsillo trasero de los pantalones o incluso en la mano, a la vista. En cuanto se comprobaba que el número del billete coincidía con el de la base de datos, el documento perdía todo su valor, pues tras el último arco de seguridad todo el mundo tenía el suyo. Diez minutos o diez metros antes, en la cola de acceso, aquellos tickets plastificados se vendían por muchos miles de dólares. Algunos, los que garantizaban un vuelo en menos de dos horas, por millones. 
     Nadie se atrevía a asegurar hasta qué punto las ciudades del Oeste quedarían destruidas por el tsunami. Se calculaba una subida del nivel del mar de entre treinta y cien metros, durante entre quince y cuarenta minutos. No se disponía de predicciones más concretas, pero con aquel rango catastrófico era suficiente. Había quien dudaba de la propia existencia del cataclismo o de su inminencia. También había, en la playa de Malibú un grupúsculo de presuntos iluminados esperando alegremente el advenimiento de una ola mitológica que, aunque sólo fuese como transición a un más allá acuático e ideal, se los llevaría por delante. “La salvación está cerca”, cantaban. 
     La elección por sorteo de los afortunados que podrían abandonar la zona en transporte aéreo se hizo en cuestión de horas y fue, como no podría haber sido de otra manera, un fraude. Era escandaloso saber que prácticamente nadie ajeno al proceso se quedaría en tierra, pero no había ni un minuto para reclamaciones, no quedaba tiempo. Si uno tenía ticket, volaría. Si no, lo mejor era buscar otra manera de huir hacia el interior o las montañas cuanto antes. La gasolina cotizaba a precios astronómicos. Saber montar a caballo se convirtió de la noche a la mañana en un valor en alza. Volvió a marcar la diferencia, a ser aristocrático.
     Se estimaba que en doce horas tendría lugar el movimiento sísmico en el lecho del Océano Pacífico. En dieciséis se produciría el impacto de la ola resultante contra las costas de California. Si todo salía como estaba previsto, dos horas antes despegarían, casi simultáneamente, los cinco últimos aviones civiles del aeropuerto de Los Ángeles. Algunos de sus pasajeros aún no se creerían la suerte que habían tenido. Otros empezarían a sentir una culpa que les perseguiría para siempre, la culpa de saberse impostores, dueños de una oportunidad que no les correspondía.